Triunfazo sobre Serbia en una noche inolvidable

Delfino tuvo una noche de ensueño en el Orfeo (Foto: Prensa CABB)

Delfino tuvo una noche de ensueño en el Orfeo (Foto: Prensa CABB)

 

(*) Por Gabriel Rosenbaun

 

Habría que irse al pasado para hacer un ejercicio. Pensar, por ejemplo, que estamos en 2001 y que nos hablan del futuro. De una selección que aún no ganó nada, de un estadio que aún no existe y de un rival de esos que, hace tres años, mirabas por la tele ganando el Mundial ’98. Situada en aquel escenario pretérito, la Selección Argentina lleva 14 años sin siquiera ganar el Campeonato Sudamericano. Y se quedó en el umbral, sin llegar a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000.

El salto temporal hacia el futuro, que hoy es presente, suena brutal. Porque hay una Selección que, desde ese 2001, fue subcampeona mundial (2002), oro y bronce olímpico (2004 y 2008) y semifinalista en casi todos los torneos grossos en los que participó desde entonces. Pero también hay un estadio que en 2001 no estaba: el Orfeo, inaugurado en 2002, que tiene 9 mil personas sentadas. Que está hasta las manos. ¿Y el rival? Serbia, desprendimiento de la colosal Yugoslavia, está aquí, alojada a metros del Dino Mall y del Hiper Libertad, en parte porque Río de Janeiro y los Juegos Olímpicos están en esta parte del continente, pero también porque Argentina, la que en 2001 volvió a ganar un Sudamericano después de 14 años (en Valdivia, Chile, de la mano de Rubén Magnano), ya no pide permiso para tutearse con las potencias. Puede invitarlas a jugar en casa.

Y no sólo tenderles una alfombra roja, como se hubiera hecho en algún momento. Inclusive, pegarle un paseo en un primer cuarto sublime, difícil de olvidar para un público extasiado. Un arranque capaz de frustrar a un señor que, frente al banco de suplente visitante, no paraba de gesticular, como si no pudiera creer la superioridad albiceleste. Ese hombre calvo, que mueve los brazos con fastidio, es Sasha Djordevic, actual técnico y ex jugador yugoslavo, recontra talentoso e integrante de la crema y nata del básquet europeo.

 

Sasha

Djordevic y Ginóbili, dos leyendas en el Orfeo (Foto: Prensa CABB)

 

El entrenador habla perfecto español y, hace unos días, se enteró que el nexo de la organización local con su selección es Gustavo Rossotto, asistente técnico de Atenas. “¿De Atenas? Marcelo y Pichi”, cuentan que dijo el legendario serbio. Y al toque le recordó a su interlocutor un torneo épico para el básquet cordobés: el McDonald’s Championship, jugado en París en 1997, cuando Atenas estuvo “ahí nomás” de llegar a la final contra los Bulls de Michael Jordan, Scottie Pippen y compañía.

En ese ‘97, Sasha era base del Barcelona: los catalanes fueron sorprendidos en primera rueda por el Racing de París y se quedaron sin el cruce que suponían cantado: en “semis” contra Chicago. Fue Atenas el que se cruzó finalmente con el equipo parisino, para quedarse con el tercer puesto. En ese torneo la rompieron Marcelo Milanesio, Pichi Campana y Fabricio Oberto, con quien Djordevic compartió charlas y risas hace pocos días en cancha de Instituto. De no ser por la Generación Dorada, esa foto sólo hubiera sucedido en Europa. Pero ocurrió en el Sandrín.

Milos

El profe Patricio Pallares le «robó» la última foto a Teodosic antes de salir desde el hotel hacia el Orfeo

Serbia, la máquina de fabricar talentos, tiene ahora en el puesto de Sasha al admirable Milos Teodosic, ese base que antes de salir para el estadio se prestaba para las fotos en el hotel y que al rato, en la cancha, era un cabrón plagado de recursos, al que no le gusta perder ni una discusión. Por eso, Milos se calentó con Laprovittola, que jugó un primer cuarto exquisito: clavó triples, sacó a pasear a sus marcadores, defendió como caballo, mostró liderazgo, serenidad y manejo, y fue el articulador de un 23-7 que parecía irreal en el comienzo del partido.

Aun cuando fuera en un amistoso, y lo que vale son los Juegos de Río, éstas serán imágenes inolvidables: palizón a Serbia, al menos por un rato. ¿Quién se lo olvida? ¿En cuántas sobremesas se hablará, dentro de muchos años, de estas cosas inolvidables, que quedan para siempre en el corazón?

De todos modos, no son sólo fragmentos. El puzzle completo es una delicia. Fue una noche perfecta. De esas que se sueñan. Desde el emotivo homenaje a Gonzalo García, asistente técnico desde 2005 (ese mismo año dirigió la Selección Sub 21 que jugó el Mundial en el Orfeo), hasta que Carlos Delfino se fue ovacionado, después de un último cuarto memorable, todo encajó a la perfección. ¿Cómo hacer para evitar el nudo en la garganta o los ojos brillosos, si uno sabe de las interminables operaciones del Lancha? ¿Cómo evitar esas ganas de meterse a la cancha para abrazarlo cuando mira y sonríe después de clavar triples con esa estética más emparentada con el arte que con el deporte?

Entre esos dos extremos, el de Gonzalo García lagrimeando por el video homenaje antes del juego y el del Cabezón levantando las manos en agradecimiento al público cuando encaró solito hacia los vestuarios, hubo un partidazo que seguramente será leyenda.

A una semana del comienzo de los Juegos Olímpicos, Argentina pisó un escalón más arriba. Se tutea con las potencias y, aun cuando los cracks ya no tengan la explosividad de antaño, lo colectivo le da un palmeo en la espalda a la ilusión. ¡Dale, che, vamos que podemos!

 

Manu, el hombre que genera fascinación absoluta (Foto: Prensa CABB)

Manu, el hombre que genera fascinación absoluta (Foto: Prensa CABB)

 

En la noche de sábado, en la que se coronó anticipadamente, la Albiceleste le ganó al subcampeón mundial 79 a 74, con 20 puntos de Delfino, 19 de Nocioni y 13 de Ginóbili. ¿Viejos? Sí, claro: contáselo a otro. Por si quedaba alguna duda, el Lancha demostró que su convocatoria a los Juegos no es un premio al pasado: es puro presente. “El Chapu” está en su mejor versión de los últimos años en la Selección. “Manu” volvió finísimo.

Y todo el resto cumplió. En lo basquetbolístico, es cierto, pero también en lo actitudinal. Delía está hecho un león: pone toda la sangre que siempre se le reclamó. Acuña, el otro pivot, es un tractor (metió, además, un hermoso tapón) y además entiende el juego. Campazzo tuvo momentos de locos: la sacó al córner como arquero mientras defendía a Teodosic, mostró ser un carasucia con mucho potrero, y también se tiró a la pileta deslizándose por el suelo (se golpeó la cara en el piso) para recuperar una bola que parecía perdida. Y el capitán Scola, que se cargó rápido de faltas, apareció poco pero metió un doble casi decisivo. No es un dato menor -para nada- que Argentina pueda ganarle a Serbia con el Luifa en un papel deslucido.

Después de la brecha gigantesca, y Lapro con la batuta, el partido se pareció mucho más al que todos esperábamos. Y al que tenía que ser: los balcánicos mostraron sus cualidades y se acercaron a un punto (36-37), antes de que Campazzo clavara una bomba salvadora (40-36).

 

Lapro

Laprovittola jugó un primer cuarto inolvidable (Foto: Prensa CABB)

 

Los de Djordevic pasaron arriba 47-44 con un triplazo de Teodosic (salió lesionado, con un golpazo en el dedo anular de la mano derecha) y se escaparon 54-46 con un volcadón de Bircevic en una contra devastadora. El juego se había inclinado: los europeos dominaban la pintura, aprovechando al máximo cuando Scola debió batallar como pivot. De todas maneras, Argentina nunca te deja a pata. Menos aun si están los rockstars de la Generación Dorada: lo probó “Manu”, que clavó un triple de ensueño para cerrar el tercer período.

Carlitos Delfino montó su ballet, cargado de triples, en el último cuarto. Su sonrisa, agigantada en el LED central de la cancha después de cada conversión, era un golpe a los corazones sensibles. Un talentoso del carajo que no se creyó ex jugador ni siquiera después de siete operaciones. Y que camino a unos Juegos Olímpicos demuestra esa soltura para lanzar y moverse, como para conquistar de lleno a 9 mil personas.

Estaba escrito de antemano: este Súper 4 será leyenda. Ya podemos decir, sin temor a pifiar, que en Córdoba vimos dos de los más hermosos recitales –acaso los de la gira despedida- de los Beatles de la Generación Dorada jugando en nuestro suelo.

Habría que irse al futuro y hacer un ejercicio. Pensar, por ejemplo, cuántas veces contaremos, con la piel aún erizada, que estuvimos presentes en aquel torneo que se transformó en un mito que no para de nacer. Porque lo disfrutamos tanto. Y porque quisiéramos que este presente dure para siempre.

 

Nocioni está en un momento brillante (Foto: Prensa CABB)

Nocioni está en un momento brillante (Foto: Prensa CABB)

 

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